No obstante, no bastará con preparar el cuerpo tan solo, sino también la mente, ya que es el talón de Aquiles de la armadura occidental, la parte más vulnerable de aquellos que no están acostumbrados a batallar en tierras tan lejanas. Distraerla con coloridos juegos o meditar envuelto en incienso puede sosegar un espíritu airado, pero no está de más recurrir a algo de ayuda mágica.
Y así, atraídos por la fuerza del destino, los Magos Pablo y Rodrigo, grandes amigos del caballero Lluís, llegan a la capital del norte tras un viaje místico por el techo del mundo y los abismos de la naturaleza humana. Y no, su magia no brota de las chisteras con conejos ni tampoco de calderos de brujo; su magia no puede percibirse con la vista o el oído, pero silenciosa e invisible recorre todos los rincones del cuerpo y se adentra en el alma. Sólo la sientes fluir sin más...
Una vez envenenados, los jóvenes serían presa fácil para el feroz Dragón, que no dudaría en celebrar un suntuoso festín, cuyos platos principales serían ellos mismos. Sin embargo, debería haber sabido que una apetitosa manzana roja resulta algo más sutil que un negro escorpión, ¿verdad, Blancanieves?
Sólo la Princesa Sonia volvería de nuevo a las tierras del Gran Dragón en ayuda de su amigo, un cuento que ya os relaté hace tiempo...
Aquella historia se remonta a un año que sería recordado con temor, pues aún no habían caído las primeras hojas del otoño cuando dos altas torres, símbolo de poder y libertad, sucumbieron heridas por las flechas certeras del terror. Por aquel entonces, el joven Príncipe habitaba por unos días un magnífico palacio a orillas del Mar Cantábrico, algo aburrido ya de las aguas mediterráneas. Junto con él, un grupo de 52 embajadores llegados desde todos los lugares del país compartieron la aventura de dejar sus espadas de madera y comenzar el adiestramiento de sus vidas, pues un día debían convertirse en una élite de guerreros de la ciencia, la tecnología, el arte o las letras.
Una vez visitado gran parte del Reino, los alegres viajeros llegaron a la capital del Imperio, donde el Príncipe les esperaba para satisfacer en la medida de lo posible su apetito curioso y su sed de conocimiento. Así pues, degustaron sabrosos manjares y obtuvieron algunas respuestas. No faltaron bailes tradicionales de la tierra ni tampoco algunos más modernos...