Érase una vez un Príncipe que decidió escribir su propio cuento...
Tras haber saciado su apetito, los turistas "shanghaineses" volvieron a su castillo para reponer fuerzas para la mañana siguiente. En cambio, los "pequineses" decidieron seguir disfrutando de la velada cómodamente sentados en la terraza de un bar a orillas del Lago Houhai. No escasearon las risas gracias a las anécdotas de Livia y todos pudieron apagar su sed entre cervezas, mojitos y un cinderella para abstemios. La música, por su parte, nos trajo olvidadas melodías flamencas.
Tres lunas después, los amigos volvieron a reunirse, esta vez en despedida. Y a pesar de que las risas fueron incluso más ensordecedoras que el trueno, la oscura noche se entristeció de tal manera que lloró y lloró inundando el restaurante con inesperadas cataratas de interior.
Espero que la conjunción de estos astros no tarde tantos años en repetirse.
Hoy la República Popular de China celebra el 59º aniversario desde su creación, tras la caída de la dinastía Qing y su último representante, el Emperador Puyi, que por aquel tiempo sólo era un niño. Así, China se desprendía de unos pesados ropajes imperiales con más de 2000 años de historia y comenzaba a caminar -o más bien, correr- hacia la modernidad. La tarde aguardaba una sorpresa. Los guerreros se vieron obligados a participar en un frío intercambio cultural, ya que, como si de valiosas presas se tratara, fueron rodeados por masas de estudiantes universitarios hijos del Gran Dragón, con los que debían pasar unas largas horas de charla "improvisada" hasta el ocaso. Los más afortunados hicieron gala de su maestría manejando la afilada lengua del Dragón con personas interesantes e interesadas en lo que pasaba más allá de sus fronteras, el resto se conformaba con no caer presas del sueño ante tan insípidas y soporíferas conversaciones. Sin embargo, la noche deparaba aún más sorpresas, y los invitados extranjeros fueron agasajados con largas actuaciones, más o menos entretenidas.
De vuelta ya en su refugio, el Príncipe y sus compañeros descansaron a salvo entre lujosas sábanas de algodón y blancas bañeras occidentales, no habían pagado con dinero estas comodidades pero sí con su tiempo y paciencia.
Al amanecer, un frío intenso vino a recibirles a la puerta de su alojamiento y a advertirles que pronto se verían más a menudo en la cenicienta Beijing.
Esa mañana visitaron la residencia estival del Emperador y gozaron con las vistas de una naturaleza creada artificialmente para deleite de los más poderosos, pues el salvaje transcurrir de un río o el tranquilo mecer de las ramas tampoco escapaban a su control. Ni siquiera el valiente Bambi...
Al mediodía, los guerreros saciaron su apetito con un banquete amenizado por un típico espectáculo para turistas. Así llegaron al final de su aventura, a la que sólo le quedaban unas cinco horas de autobús y una Beijing maldita por eternos atascos.