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sábado, 14 de marzo de 2009

Érase otra vez Hong Kong

Tras interminables horas de viaje en autobús y pasos fronterizos, los aventureros consiguen llegar a buen puerto, o más bien al Puerto Perfumado de China, que es lo que significa "Hong Kong". Desgraciadamente, el viaje fue muy duro y, por su propia seguridad, fueron atados a sus literas, a punto estuvieron de perder la cabeza.

El Príncipe siempre ha defendido a capa y espada que Hong Kong es una gran ciudad para vivir, con una mezcla de culturas tan armónica, que te invita a introducirte en ella para siempre... De todos modos, Hong Kong ya tiene sus propios guardianes y defensores, y en la Avenida de las Estrellas, se encuentra el más fuerte de ellos.
Sin embargo, Hong Kong también guarda muchos peligros... por no mencionar el penetrante sonido de los pasos de peatones.

A pesar de todo, es posible contemplar una puesta de sol maravillosa y muy cosmopolita, una imagen muy alejada del Reino en las Aguas del Mediterráneo... Y cuando se pone el sol, las coincidencias te llevan hasta un extraño, quizá un duendecillo con vestimentas humanas, que te acompaña gentilmente hasta encontrar el tesoro, pues el Príncipe encontró de nuevo una cámara para capturar la esencia del tiempo.

Pertrechado con su nueva arma, la preferida entre todas por el Príncipe, el tiempo se detuvo junto a un pequeño pueblo pesquero y en el segundo piso de un tranvía.


Y Hong Kong no es sólo una tierra de cemento y asfalto, pues el Camino de la Sabiduría puede conducirte hasta el Corazón de Sutra acompañado de una persona a la que amas.

Incluso es posible que Buda te muestre tu destino, sólo si te atreves a abrir los ojos y SENTIR sus consejos.



El gran viaje por el sur del Reino del Gran Dragón toca a su fin. La bella Princesa Sonia y el Príncipe toman diferentes rumbos aquella noche. No hay lágrimas. ¿Por qué iban a llorar dos personas a las que les quedan tantos viajes por compartir?
Tras estos viajes, el Príncipe se recuperó de un maligno hechizo que desde hacía tiempo nublaba su mente y sacudía los cimientos de su cordura. Gracias a todos los sabios médicos.

martes, 3 de marzo de 2009

Cuento del metro de Hong Kong

Antes de comenzar con la historia sobre Hong Kong, he querido colgar unas fotos muy coloridas de su caro metro. Confieso que la idea es un plagio de una composición fotográfica realizada por mis compañeros Lídia y Dani, que poseen todos los derechos de autor.

Gracias Cayita por acordarte de que estas fotos deberían haber sido en pareja...


jueves, 24 de enero de 2008

Cuento sobre Hong Kong (4º y último día)

¿A qué hora suena el despertador? ¡Pues no! Ya me había aprendido la lección, y lo puse directamente para las 9 de la mañana, que se hicieron las 9.30, claro está. Hoy Luis y yo nos separábamos. Él necesitaba ir a recoger el ordenador que había comprado y mirar cámaras digitales y móviles... un día pesado de compras. Así que yo decidí irme solo a la isla de Lantau y ver lo más característico del lugar. Después de pedirle al encargado del hostal (no le volvimos a ver el pelo a Betty Chang) que si podíamos dejar allí las maletas hasta que saliera nuestro ferry hacia Shenzhen, el hombre me soltó una batería de preguntas acerca de mi vida, que sólo me faltaba el foco de luz apuntándome para ser un completo interrogatorio: ¿Qué estudias? ¿Por qué? ¿Quién lo paga? ¿Luego trabajarás para el gobierno? ¿Sabes leer chino? A ver, lee esto. ¿Te gustan las chinas o las occidentales? ¿Y dónde vas ahora? ¿Y cómo vas? Salí del hostal atontado y sin ganas de volver a hablar en un par de horas, lo cual se cumplió, porque no acostumbro a hablar solo en los viajes.
La isla de Lantau está conectada por metro, aunque el billete ida-vuelta cuesta más de 4 euros y hay casi 45 minutos de viaje desde el centro de la isla de Hong Kong. Pero valía la pena. Llegué al pueblo de Tung Chung, desde el que se puede coger un autobús o el teleférico hasta donde yo quería ir. Obviamente, opté por el teleférico porque proporciona las mejores vistas, aunque se tarda media hora y puede hacerse algo aburrido sin compañía. Desde que estoy en China, el teleférico se ha convertido en un medio de transporte más.
El teleférico me llevó hasta la meseta de Ngong Ping, a 500 metros sobre el nivel del mar, donde se encuentra un pequeño pueblo de mentira al más puro estilo Port Aventura. Todo son tiendas, restaurantes y atracciones para turistas, nada que valga la pena comentar. Mi objetivo realmente era la estatua del Buda de Tian Tan, la mayor estatua del mundo de Buda sedente de bronce al aire libre, a la que se accede después de subir 260 escalones...y sin teleférico ni escalera mecánica...

Cerca del Buda, se encuentra el Camino de la Sabiduría que representa el "Corazón Sutra", una teoría muy interesante y difícil de entender, que te abre las puertas al entendimiento del mundo. Pero otro día os la cuento. Este camino consiste en una serie de pilares de madera con las inscripciones-mandamientos de esta teoría, dispuestos de tal manera que forman el signo de infinito (un 8 tumbado).

Frente al Buda, visité el monasterio de Po Lin, que se asemeja mucho al resto de templos que ya he visitado por China, así que no me causó un gran impacto, con perdón de Buda.



La vuelta fue una carrera contrarreloj y, finalmente, llegué media hora tarde a mi cita con Luis, que me esperaba con las maletas, listo para coger un taxi hasta el muelle. De nuevo, los mismos trámites de inmigración, una encuesta de si me había gustado Hong Kong, y en una hora ya estábamos pisando suelo realmente chino. ¿Y por qué digo chino, si Hong Kong y Macao también son chinos? Pues porque nada más salir del puerto en Shenzhen, nos recibieron con escupitajos y, al haber perdido el autobús hacia el aeropuerto por cambiar dinero antes, los taxistas se nos rifaban. Se negaban a poner el taxímetro y querían cobrarnos 5 euros por el trayecto, cuando un policía nos dijo que no podía costarnos más de 2 euros. Ya volvían a querer timarnos. De nuevo, la defensa alta y desconfianza hacia todos y todo lo que no tenga un precio bien estipulado. Como no somos tontos (el Camino de la Sabiduría había surtido efecto), dijimos que "naranjas de la China" y esperamos durante 40 minutos el siguiente autobús GRATUITO sentaditos en los escalones del puerto.

Como no había comido desde el desayuno y ya eran las 6 de la tarde, me lancé a por un sandwich en el aeropuerto: grave error, porque no valía lo que costaba. Así que esperé con ansia la comida del avión... y aún sigo esperando. Que quede claro: a las 10 de la mañana sirven una auténtica comida con pollo, tallarines y arroz; y a las 8 de la tarde sirven una merienda con dos bizcochitos y gelatina de piña. ¡No entiendo nada! Una de las azafatas se sorprendió cuando le pedí un vaso de Coca-cola en chino, y ya empezó con las preguntas. No sé por qué le dio por preguntar si en mi universidad se estudiaba francés, y que estaba muy interesada por el idioma. Y yo pensaba: "¿y a mí qué? ¿Me has visto cara de saber francés?" Pero me quedé en un simple "no sé" y una sonrisa, que siempre queda bien.

Y ya os conté cómo acababa el cuento en Beijing, con 9 grados bajo cero. El camino de vuelta en taxi fue muy tranquilo para mí, ya que me adormilé mientras Luis no paraba de hablar con el taxista: ¿Tienes hijos? ¿Qué estudian? ¿Qué temperatura hace fuera? ¿Cuántos kilómetros tiene el 5º anillo? Empiezo a pensar que Luis es un chino disfrazado y con acento granadino. El Gran Dragón nunca duerme y manda a sus espías...

miércoles, 23 de enero de 2008

Cuento sobre Macao (3r. día)

De nuevo el despertador suena a las 8 de la mañana, pero no nos levantamos hasta las 9... ¿Pereza? ¡No! Sólo más cansancio acumulado, supongo...

Nuestro destino hoy es la antigua colonia portuguesa de Macao, otra región administrativa independiente de China, como Hong Kong. Por este motivo, debemos pasar otra vez por los trámites de inmigración: primero, salida de Hong Kong y, luego, cola de media hora para entrar en Macao (y mismo proceso a la inversa cuando regresamos a Hong Kong). En Macao, la temperatura era al menos 8 grados inferior a la de Hong Kong y hacía mucho más frío (6ºC más o menos), así que no apetecía mucho estar en la calle; además, estaba muy nublado y lloviznaba.

Nos dan la bienvenida decenas de lujosos hoteles y casinos, uno de los rasgos distintivos de Macao. Como ya se nos había hecho tarde, optamos por comer algo rápido. ¡Sí, lo habéis adivinado! Esta vez tocaba Burger King. Mmmm, sabor portugués... Después, nos dirigimos hacia la iglesia de San Pablo, o mejor dicho, lo que queda de ella, o sea la fachada. Situada en lo alto de una colina, posee unas magníficas vistas sobre el centro de la ciudad, pero realmente no tiene mucho más interés.


Al este de esta fachada, encontramos la Fortaleza do Monte, un cuartel diseñado para resistir un largo sitio, aunque la historia nos cuenta que sus cañones sólo se dispararon en una ocasión, durante una frustrada invasión holandesa en 1622. En un día más caluroso y soleado hubiera apetecido pasear más por este castillo, pero tras una vuelta rápida, pusimos rumbo al centro de la ciudad.

No puedo decir que Macao me entusiasmara demasiado, pero debo reconocer que tiene rincones encantadores, como plazas importadas directamente desde Lisboa y cementerios pintorescos. ¡Cómo me acordé de Juanjo, cuando se empeñó en meternos en un cementerio en Edimburgo para hacer fotos!

Sin embargo, esta ciudad no pudo retenernos más de 5 horas y navegamos de vuelta a Hong Kong para aprovechar la tarde de compras. No por mí, que ya tenía bastante con mi cámara digital, sino por Luis, que esta vez iba a la caza de un ordenador portátil. Cenamos en un Pizza Hut, que no es comida rápida, ya que fuera de España los Pizza Hut son restaurantes bastante caros y no tienen nada que envidiar a los restaurantes de lujo.

El momento más sorprendente lo viví cuando ya volvíamos al hostal, al ver una fila de chinos haciendo cola perfectamente, uno detrás de otro a lo largo de más de 10 metros, para subir al autobús, una lección de civismo que cualquier ciudad europea o estadounidense envidiaría. Definitivamente, Hong Kong no es China, donde las colas son un sueño del que sólo se despiertan los días 11 de cada mes.


¡Atención al número cuatro en números romanos del reloj del Museo de Macao y a una de las esculturas que pueblan la ciudad! En algunos cuentos las esculturas cobran vida; en éste, no sé a qué se dedicaría tan bella dama...

martes, 22 de enero de 2008

Cuento sobre Hong Kong (2º día)

El despertador suena a las 8 de la mañana, pero no nos levantamos hasta las 9: demasiado cansancio acumulado. Después de ducharnos y desayunar donuts, nos dirigimos al Parque Victoria, donde está prohibido fumar, al igual que en muchas otras calles y avenidas de la ciudad. Más que de un parque al estilo pequinés, se trata de unos jardines muy bien cuidados con un camino especial para hacer footing, máquinas de gimnasio (también existen en Pequín) abarrotadas de ancianos, campo de criquet o polo, pistas de tenis, piscinas, un pequeño lago artificial y varias plazas donde practicar taichi o bailes de abanicos... Mi compañero Luis entabló conversación con una simpática abuela y su nieta, que nos comentaron las ventajas y el sueldo que cobraríamos si nos mudáramos a Hong Kong, sólo trabajando como profesor de inglés. El canto de los pájaros nos impedía oírlas con claridad, pero era mucho dinero...
Salimos del parque y nos dirigimos al templo de Tin Hau, uno de los más antiguos de la ciudad. No existe mucha diferencia con los de Pequín, pero encontramos a muchas personas haciendo ofrendas para el Año Nuevo. Estas ofrendas consistían, sobre todo, en patos asados y frutas. El olor a incienso se hace algo insoportable, ya que quema colgado del techo, frente a los altares y en cualquier rincón del templo.




En el centro, visitamos el edificio del Bank of China, uno de los más emblemáticos de Hong Kong, por su peculiar forma, y la catedral de St. John, de estilo colonial y que contrasta con los rascacielos a su alrededor.










Desde allí, tomamos el Peak Tram, un tranvía que nos llevó al pico Victoria (552m). El tranvía viene a ser una especie de cremallera, ya que tiene que subir una montaña con una pendiente de 45 grados más o menos. Durante el viaje, ves como muchos de los rascacielos van quedando por debajo de ti, hasta que llegas a la cima, donde -¿cómo no?- hay un complejo turístico con decenas de tiendas, souvenirs, restaurantes y una terraza para contemplar las vistas de la bahía de Hong Kong. Como el día estaba nublado no se veía el paisaje con claridad; pero dicen que de noche las vistas son espectaculares por la iluminación. También pasamos por una tienda de vídeojuegos, donde habían puesto más de veinte vídeoconsolas para probar los nuevos juegos gratuitamente.

Al bajar de la montaña, un español que nos oyó -o mejor dicho, me oyó hablando solo para el vídeo que grababa- se acercó a curiosear sobre nuestras vidas. ¡Lo que puede unir la lengua cuando estás fuera de tu país! Visitamos otra zona comercial y una calle de antigüedades rápidamente, ya que luego habíamos quedado con un amigo hongkonés de Luis. Sammy, así se llamaba el chico, nos llevó a un restaurante y pidió comida hongkonesa, que a mí me supo a comida china normal, aunque el chocolate caliente del Starbucks que me había bebido media hora antes no ayudó a que probara tan deliciosos manjares...

Antes de volver al hostal, pasamos por Temple Street, una calle sin fin al puro estilo de mercadillo gitano, con videntes y puestos de consoladores y demás artículos sexuales incluidos. El lugar perfecto para comprar bolsos, relojes y productos electrónicos falsos.

Con un día así, poco nos costó conciliar el sueño, aunque durmiéramos sobre la cama de Pulgarcito. Y aquella noche soñé que me había convertido en dios y los chinos me adoraban...

domingo, 20 de enero de 2008

Cuento sobre Hong Kong (1r. día)

Faltaban un par de horas para que amaneciera y la temperatura se mantenía bajo cero; entonces, Luis y yo salimos de la residencia hacia el aeropuerto. Cogimos un taxi en la puerta, cuyo conductor dormía apaciblemente y a punto estuvo de no llevarnos... Pero el aeropuerto está lejos, y se iba a ganar casi un centenar de yuanes. Fue rápido y, al ser de noche aún, sustituyó los molestos pitidos por las luces largas para apartar de su camino a los vehículos más lentos. Además, nos amenizó el viaje con una serenata o maullidos desafinados.

Desayunamos en el aeropuerto y poco antes de las 8 de la mañana embarcamos. Sin embargo, estuvimos casi una hora parados en el avión, que obviamente se retrasó en el despegue. En este tiempo, me adormilé y cuando desperté, aún en la pista, el avión estaba todo mojado y lleno de espuma. ¿Tenían que limpiarlo antes de salir?

Tras tres horas de vuelo, donde nos sirvieron la comida a las 10 de la mañana!!, aterrizamos en el aeropuerto de Shenzhen. Decidimos coger el ferry que hay junto al aeropuerto para hacer nuestra entrada triunfal en Hong Kong. Menos mal que Luis no tiene vergüenza alguna y prefiere preguntar antes de mirar un mapa, a diferencia de otros que sólo nos fiamos de nuestra orientación, y muy pronto llegamos al puerto. Volví a sentir la brisa del mar y el olor marino, aunque el agua estaba algo turbia. Noté de nuevo el mecer de las olas al viajar en barco. ¡Qué agradable sensación!

¡Y por fin Hong Kong! Los trámites de salida de China y entrada en Hong Kong nos retrasaron un poco, pero los controles de inmigración son así. Cogimos un taxi para llegar a la casa de huéspedes, y Luis, el gran conversador, empezó a hablar con el taxista medio en inglés medio en mandarín, pese a que los hongkoneses tienen menos idea de este idioma que nosotros mismos. El simpático conductor nos llevó hasta la puerta del hostal. Otra vez empezaba a albergar dentro de mí la sensación de seguridad y confianza del mundo occidental, donde no intentan timarte por las esquinas.

La propietaria del diminuto hostal (7 habitaciones), una mujer mayor llamada Betty Chang, nos recibió muy amablemente y hablando un inglés más que aceptable. Eso sí, se paga por adelantado: 31 euros la noche por una habitación doble con baño. No está mal teniendo en cuenta que estábamos muy bien situados. La habitación era totalmente rosa: cortinas, sábanas, edredón, azulejos... y las pequeñas camas no bastaban para el metro noventa de Luis, cuyos pies asomaban por fuera del colchón. Teníamos una mini tele y un cuarto de baño tan grande como un armario. Ni decir tengo que nos duchábamos sentados en el váter, mojando el lavabo y encharcando el suelo. Sin embargo, era un lugar muy limpio, nos cambiaban las toallas cada día y nos hacían las camas. Era realmente acogedor.

Después de instalarnos, salimos a comer algo...una hamburguesa del McDonald's. Subimos en tranvía para ir al centro y ver los rascacielos más emblemáticos de la ciudad. La temperatura era fresca, unos 14 grados, pero un paraíso en comparación con Beijing. Pasamos esa tarde mirando tiendas y finalmente me compré una moderna cámara digital verde pistacho de Sony. Me costó alrededor de 260 euros, cuando en España está a 314 euros (precio FNAC). Como tenía problemas con la visa, tuve que ir a sacar dinero, y el dependiente me escoltó hasta el banco y me llevó de vuelta a su tienda, no me fuera a escapar.


Al anochecer, nos acercamos hasta la bahía para contemplar las vistas. Todo era luz y color, los edificios estaban iluminados por centenares de focos y lásers. Al volver al hostal, cogimos el metro. Se veían muchos occidentales, alguno incluso saludó a Luis, sin conocerlo de nada. Lo gracioso vino cuando una chica medio americana se puso a hablar con nosotros...tanta simpatía resultaba extraña... En efecto, era una misionera de la orden de Jesús y los Santos Inmortales (o algo así), que muy cortésmente nos invitó a acudir a alguna misa y le entregó una tarjeta a Luis. ¡Qué buen ojo el suyo! Cuando me preguntó si iba a misa, le negué con la cabeza, a lo que respondió con un "¿qué diría tu madre?". Opté por callarme, pues mi madre no le daría la razón en la vida...

Ya en nuestra habitación, programamos el día siguiente y nos fuimos a dormir. Dulces sueños y hasta mañana.