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lunes, 17 de agosto de 2009

Cuento de las hijas de Oriente

En los últimos meses, el Príncipe conoció a muy buenos compañeros y, entre ellos, dos doncellas asiáticas de dulzura incomparable: Kana y Chouchou. Ambas compartían, además de dormitorio, una relación de hermanas, tan típica entre las mujeres de Oriente.

Llegó el amargo momento de la despedida y fue entonces cuando las dos muchachas descubrieron su verdadera naturaleza, pues como si de heroínas de cómic japonés se tratara, endulzaron con su inocente risa y su curiosa mirada su última noche en la capital del Imperio del Gran Dragón.

El caballero Manu y el Príncipe, hermanos de armas ya por siempre, se embarcaron en tan dolorosa aventura, la de la despedida. Sin embargo, las hijas de Oriente quisieron obsequiarles con un paseo por el lago de Houhai, aunque los caballeros fueron seducidos para hacer el trabajo duro en el bote...






Y, aunque un cuentacuentos exagere de vez en cuando la realidad, os puedo asegurar que aquellas dos doncellas encontraron la luz de la alegría flotando sobre las frías aguas del adiós.

Kana...


Chouchou...

domingo, 3 de mayo de 2009

Después de un largo y agotador camino, el Príncipe encontró una lámpara maravillosa, y su Genio le dijo: "Cuéntame, Príncipe, ¿cuáles son tus deseos?"

"¿Deseas cantar?"


"¿Deseas bailar?"

"¿Deseas un gran banquete?"

"¿Deseas la compañía de buenos amigos en la mesa?"

"¿Deseas la habilidad de un gran cocinero?"

"¿Deseas que viejos restaurantes abran de nuevo sus puertas?"

"¿Deseas la longevidad de trescientas tortugas?"


"¿Deseas convertirte en un gran maestro de los caracteres?"

"¿Deseas un día rodeado de flores?"

"¿Deseas dominar el viento y el arco iris?"

"¿Deseas tomar unas tapas en una terraza soleada?"

"¿Deseas deleitarte con los sabores de casa de la abuela?"

"¿Deseas seducir al mundo?"


Entonces, el Príncipe respondió: "Gracias, pero hoy no existen en mi corazón deseos que puedas cumplir."

sábado, 15 de marzo de 2008

Cuento de cumpleaños (1ª. parte)

Érase una vez, hace 25 años, un bebé nacido en un Reino a orillas del Mar Mediterráneo, ups, perdón, esa historia ya la he contado... Avanzaré un poco más.

Érase una vez un joven Príncipe que cumplía 25 años. Este Príncipe y tres de sus compañeras de aventura, Anna, Elena y Lidia, decidieron celebrar sus aniversarios con el resto de guerreros y doncellas el mismo día para evitar una interminable y agotadora cadena de festejos a lo largo de todo el mes de marzo. Las tres damas estuvieron de acuerdo en hacer del día del Príncipe su día también, por lo que el Príncipe se sentía suficientemente obsequiado.


Sin embargo, una misión imprevista más allá de los muros de la capital del Imperio truncó los planes iniciales del grupo y se vieron obligados a tomar difíciles decisiones. El corazón del joven Príncipe se llenó de gran inquietud, su sueño se convirtió en un pesado yugo, su espada en una obligación más allá de los deseos y el Gran Dragón se presentó más fiero que nunca.

Pero no todo estaba perdido aún. El Hada del Destino quiso hacerles una concesión: la misión quedaría suspendida en el tiempo por algunos días, a cambio de que lucharan con todas sus fuerzas llegado el momento. El pacto quedó sellado y comenzaron los festejos.

El día amaneció espléndido. El Príncipe fue a buscar flores para las tres bellas doncellas, e incluso dos de sus caballeros de confianza se ganaron una flor dorada. La cenicienta Beijing se engalanó para el baile y la Reina de las Nieves hacía semanas que había abandonado al Gran Dragón. Los ciruelos vestían pétalos rosados que invitaban a los magos a detener el tiempo entre sus ramas. El parque de Chaoyang, o Parque del Sol, fue el salón principal para el banquete real.

Los invitados acudieron a la cita alegres ante la vista de un día de diversión, lejos de la Gran Torre y de la dura instrucción. Manjares con aromas hogareños, elixires de felicidad, dulces de la Casita de Hansel y Gretel: un festín donde el más glotón se sació. Pero durante el banquete, una maldición silenciosa se posó sobre la dama Lidia, que en más de una ocasión derramó bebidas o "catapultó" platos llenos de comida.

Hacía muchísimo tiempo que los valientes guerreros y las bravas amazonas habían abandonado el País de Nunca Jamás, pero la dulce Campanilla roció con sus polvos las almas dormidas de aquellos niños y niñas, que de nuevo fueron Peter Pan. El caballero Dani apuntó sus dos varitas al cielo e hizo volar a un diablo infernal, ayudado por la Intérprete Elena, que reveló uno de sus dones más ocultos. El Médico Lluís lanzó su bola con gran suavidad intentando dibujar en el aire armoniosas figuras de paz. El Historiador Jaime rememoró viejas batallas con el Conversador Luis, donde los soldados siempre se sacrificaban por sus Reyes. El Guerrero Guim y su dama Anna, junto a otros aliados, hicieron volar una estrella, que por arte de magia, siempre estaba ligada a la tierra. La hasta el momento torpe Lidia, exhibió su agilidad y maestría en el dominio de las esferas de colores, e incluso el Príncipe demostró que tras el capullo siempre se esconde una bella mariposa. Aunque la Princesita Cayita también probó y probó, el batir del ala izquierda nunca dominó.

Cuando el momento de la tarta y los regalos se acercó, las tres damas y el Príncipe fueron coronados, aunque Judit, en un arrebato de celos, destronó a Anna y le robó su corona. Finalmente, se reinstauró la verdadera monarquía y las jóvenes reinas del cumpleaños fueron agasajadas por los invitados. Una sesión de masaje para Anna, armas lingüísticas para Lidia y "lecciones de placer" para Elena.

¿Y el Príncipe no tuvo regalos?

viernes, 25 de enero de 2008

Cuento del Lago Helado

Ayer, aprovechando el sol que lucía, salí a dar un paseo por un parque de aquí cerca, tan sólo a 5 o 6 paradas en autobús, o sea unos veinte minutos de viaje. Sabía que en esta época del año, no iba a encontrar mucha vegetación ni flores ni pajaritos cantando, pero me topé con excavadoras, obreros, zanjas, polvo, paneles metálicos, etc. ¡Menuda decepción! Además, pagué 20 céntimos para entrar en este parque en obras. Los chinos son unos expertos timadores...
Pero hice algo que no había hecho jamás en la vida: ¡caminé sobre las aguas! Bueno, digamos que atravesé un lago helado, mientras otros aprovechaban para patinar. Afortunadamente, no resbalé y llegué sano y salvo a la otra orilla. No todas las aventuras pueden ser tan interesantes como el cuento sobre Hong Kong.

Por cierto, dentro de un par de horas cojo el tren para ir a Shanghai a pasar el fin de semana con una amiga de Barcelona que vive allí. Así podré traer nuevos cuentos al blog. Estaré de vuelta el lunes o el martes, depende de si puedo cambiar los billetes para quedarme algún día más.