jueves, 9 de octubre de 2008

Cuento sobre la Escuela Oficial de...Guerreros

Antes de acudir al Reino del Gran Dragón, el Príncipe estudió su lengua unos cuantos años en la facultad y, después, en la Escuela Oficial de Idiomas. Allí, conoció a otros valerosos caballeros e intrépidas amazonas que, como él mismo, pretendían dominar el secreto de los caracteres y la magia de los tonos para viajar algún día hasta aquí.

Como sabéis, el Hada ICO concedió su deseo hace algo más de un año, y muchos de sus compañeros han luchado también por llegar hasta la capital del Reino. Este cuento versa sobre el reencuentro de cuatro de estos guerreros...

Mar, nuestra particular y alta Ricitos de Oro, apareció anteriormente en el Cuento sobre Shanghai del mes de enero, en el que el Príncipe visitaba aquella gran ciudad llena de rascacielos. Esta vez ha sido ella, acompañada de su novio Sebastian, la que ha paseado por una "concurrida" Beijing, repleta de hijos del Gran Dragón disfrutando de unas merecidas vacaciones tras los Juegos Olímpicos.

Marisa y Livia también pertenecieron en su tiempo al grupo de aprendices de la Escuela Oficial, y tras no pocos sacrificios, finalmente se encuentran en la cenicienta capital batallando por no ser consumidas por el abrasador fuego del Gran Dragón.


La primera noche de octubre la alianza de este viejo cuarteto floreció de nuevo bajo una noche raramente estrellada y a la mesa de un suculento banquete, acompañados también por los amigos del Príncipe, Lidia y Dani.


Tras haber saciado su apetito, los turistas "shanghaineses" volvieron a su castillo para reponer fuerzas para la mañana siguiente. En cambio, los "pequineses" decidieron seguir disfrutando de la velada cómodamente sentados en la terraza de un bar a orillas del Lago Houhai. No escasearon las risas gracias a las anécdotas de Livia y todos pudieron apagar su sed entre cervezas, mojitos y un cinderella para abstemios. La música, por su parte, nos trajo olvidadas melodías flamencas.

Tres lunas después, los amigos volvieron a reunirse, esta vez en despedida. Y a pesar de que las risas fueron incluso más ensordecedoras que el trueno, la oscura noche se entristeció de tal manera que lloró y lloró inundando el restaurante con inesperadas cataratas de interior.


Espero que la conjunción de estos astros no tarde tantos años en repetirse.